La hermana mediana (dentro de poco…)

Le dediqué el post de la semana pasada a Adolfo, y hoy me toca hacerlo con Inés, la pequeña hasta dentro de pocas semanas o días. Es un poco más difícil porque no hace tantas cosas como su hermano mayor. Naturalmente, pensaréis, pues apenas tiene 15 meses recién cumplidos. En el fondo, y en la forma, me da algo de lástima porque se le acaba el reinado. Siempre será la princesa, la reina de la casa con permiso de su madre, pero ser la benjamín le ha durado poco tiempo. De todas formas, tiene su parte buena y ahora lo explicaré.

WP_20141019_007 Esta foto es una de las últimas que tengo con ella. Fue un domingo hace un par de semanas. Dejamos a Adolfo con sus abuelos y nos fuimos Cristina, Inés y yo a pasear por el centro. No fue premeditado, pero sí fue un momento en que nos dijimos: “dediquémosle esta hora, o estos minutos, a ella, que son de los últimos que vamos a poder disfrutar de ella de esta manera”. Naturalmente que vamos a seguir haciéndolo, pero no como hasta ahora. Perdón de antemano, perla.

Inés es un poco más trasto que Adolfo. No es ni mejor ni peor. Simplemente, son distintos. Las primeras semanas (¡qué digo, los primeros meses!) fueron complicados. Todos los tópicos y todos los procesos por los que pasan todos los bebés fueron eternos. Cólicos, dolores de barriga, lloros, lloros y más lloros, extra de alimentación para desesperación de su santa madre, muchas noches sin dormir… todo fue muy largo. Casi medio año hasta que conseguimos que el ritmo de sueño nos permitiera descansar decentemente. A lo mejor es que veníamos de alguien muy distinto, pero se nos hizo enormemente pesado. Dicho lo cual, desde entonces las cosas han ido mucho a mejor.

Hablaba la semana pasada de que el gran cambio de Adolfo fue entre el año y medio y los dos años. Con Inés no puedo hacer esa comparativa por motivos obvios, pero sí puedo decir que ha cambiado, y mucho, desde el verano. Coincidió que empezó a andar, a ser un poco más sociable, sobre todo a interactuar más, hasta convertirse en lo que es hoy: una delicia de niña que enamora y se deja enamorar. Que empieza a hacer todo ese tipo de cosas que no se pueden contar porque hay que verlas, como por ejemplo verle la cara cuando ve una mandarina (que devora con los ojos y con la boca). O ese “madre mía” que no dice pero que se lleva las manos a la cabeza asumiendo que ha hecho una cosa que no está muy bien, aunque se ríe mientras hace el gesto. O más risas aún cuando la cojo y la levanto por encima mío. Y tantas otras cosas que hacen que, como dice un amigo,  hacen que necesite ya una sábana, porque la baba se me cae tanto que no vale con una servilleta o un pañuelo.

A todas estas, ha espabilado muy rápido, gracias sobre todo al estímulo que ha supuesto Adolfo. Todo el mundo comenta, y suele ser verdad, que los hermanos pequeños suelen hacer antes las cosas por imitación de sus mayores. Creo que en este caso está siendo así, y puede que con Álvaro pase lo mismo. Lo iremos comprobando.

Termino como empezaba. Siempre serás mi princesa y mi reina. No te dejes avasallar por tus hermanos. Aunque conociéndote, son ellos los que tendrán que tener cuidado contigo 😉

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L’hereu, el primogénito, el primero en llegar.

Inauguro con esta un par de entradas en las que quiero dedicarles a mis hijos unas palabras, para mostraros quiénes y cómo son, y para que ellos sepan, alguna vez, lo que su padre piensa (o pensaba) de ellos. Y por empezar por uno, empezaré por mi hijo mayor, por Adolfo.

DSCN3937Es muy fácil describir a Adolfo. Algunos ya lo conocéis. Adolfo es bueno. Con eso lo digo casi todo. Para mí, como para cualquier padre, es especial. Como especial fue el regalo cuando supimos que iba a llegar. Especial fue enterarse el día del santo de mi abuelo, San Estanislao. Un día que jamás podré olvidar porque además de eso pasó otra cosa que hizo que, simplemente, sea imposible. Su llegada colmó de felicidad la vida de su madre y la mía, como no podía ser de otra manera. Un bebé tranquilo dentro de sus posibilidades, que en pocas semanas nos dejó llevar un ritmo de sueño “normal”, y que se portaba bastante bien. Y salvo momentos que todo niño tiene (porque si no, no sería un niño), sigue igual o mejor.

Te gana enseguida. No a su padre, que no cuenta, pero sí a todos los demás. Es complaciente. Suele hacer y decir todo lo que sabe cuando se lo piden, para contentar. Y por supuesto, correr a abrazar a sus ayeyos, a sus abuelos o a sus padrinos después de tiempo sin verlos… para ellos debe ser maravilloso. Para mí, visto en tercera persona, lo es.

Decía que para mí, mi hijo es especial. Hoy mismo me ha dado el penúltimo ejemplo: lo primero que ha hecho al levantarse a las 7:15 de la mañana ha sido decir, con una enorme sonrisa: “voy a darle los buenos días a la mamá y a Álvaro”.  No sé cuántos niños de su edad harán eso, pero a mí me ha dejado de piedra. Como me dejó de piedra ayer cuando, sin venir a cuento, nos dijo: “Los indios vivían en América del Norte y usaban lanzas para cazar”. La profesora se lo dijo una sola vez, y le bastó para quedarse con ello. Con eso, y con que los iglús son construcciones de los esquimales impermeables que protegen de la lluvia. Y con que la Iglesia es el sitio al que van los que quieren rezar.

Aunque le costó soltarse, el gran cambio fue en torno a los dos años. Coincidió con sus primeras semanas en la guardería. Para ser la primera vez que se separaba, no fue para nada traumático. Se relacionó con otros niños y la labor de las educadoras de la Escuela Infantil Michelangelo fue extraordinaria. Durante esas primeras semanas, y durante el curso siguiente, que fue un avance espectacular. Ahora, el colegio le está viniendo muy bien. Ha aprendido sus primeras palabras en inglés, es muy bueno aprendiendo canciones que repite hasta la saciedad. La banda sonora del verano ha sido una habanera, “La bella Lola”. Otra prueba de su gran memoria, ya que la escuchó una vez la pasada Nochebuena, mientras sus abuelos paternos la cantaban a la guitarra. 8 meses después, y sin venir a cuento, comenzó a cantarla. Le faltó escuchar otra estrofa para aprenderse casi entera la canción.

Perfecto no es. Podría ser un poco más obediente de vez en cuando. Quizás sea la edad, como la edad sea la que está detrás de sus cada vez más habituales rabietas. No es por celos de su hermana o del que viene, porque ya he dicho que está encantado y pregunta a toda hora cuándo va a llegar el hermanito. Como decía una canción de mi generación, “son cosas de la edad”.

Tampoco nosotros somos perfectos. A veces le hemos malcriado de más. Pero creo que, en el fondo, lo estamos criando bien (perdón por la falta de modestia, pero lo creo así). Ahora tengo una cierta preocupación cuando sean tres hermanos y cuando su hermano forme parte de la vida de esta familia e, irremediablemente, se le dedique un poco más de tiempo. Confío, en cualquier caso, siga siendo tan bueno y tan especial como hasta ahora.

Las benditas rutinas

Antes de empezar mi post, quiero agradecer el recibimiento que ha tenido el blog. Tanto los comentarios aquí como los “me gusta” en Facebook, los “favoritos” en Twitter, las suscripciones por e-mail, las visitas desde otros países, que me han llenado de orgullo y satisfacción… no pensaba que fuera así, de modo que gracias a todos los que habéis bendecido este blog (de momento).

Y de bendiciones no quiero hablar, pero si de las benditas rutinas. Esas que hacen que mis hijos (y todos los hijos del mundo) tengan claro que, como norma general, después de una cosa viene otra. Quiero, por encima de todo, explicar las rutinas ahora, para luego poder compararlas con las que habrá a partir de dentro de pocas semanas. Muy probablemente, antes de lo que pensamos. Álvaro va a llegar antes de hora. Tal vez en dos o tres semanas lo tengamos en este mundo de locos. No puedo decir más porque su madre no me deja (aunque sí que diga esto) y porque yo tampoco quiero. Solo deseo, como todo padre, que venga cuando tenga que venir. Pero que venga bien y que crezca sano.

Dicho esto, este es nuestro día a día, inaugurado por enésima vez hace 3 semanas cuando Adolfo empezó a ir al colegio:

Toca ponerse en marcha a eso de las 7:10 para despertarlo a él a las 7:15. Dado que necesitamos un buen rato para ponerlo en pie, unos 10 minutos, desayuna en torno a las 7:25 y se le viste para que esté listo a las 7:55, que es cuando vienen a recogerlo para llevárselo. Entre medias, si ha colaborado, le dejamos ver dibujos en la tablet. Durante los primeros días usé el recurso de decir “levántate y te pongo la tablet” y corría como un resorte. No está bien. Lo sé. Por eso ya no se lo digo, aunque le permito que lo vea un rato si ha hecho las cosas a tiempo. Eso no está tan mal, creo. Todo ello con el máximo silencio posible para no despertar a Inés, que lo hace, como norma general, entre las 8:30 y las 9. A partir de ese momento todo el protagonismo es para ella. Lo de siempre: cambio de pañal, sentarla en la trona, prepararle el biberón, vestirla… ahora hemos ganado un poco de libertad porque desde hace un par de semanas se toma el bibe ella sola, con lo cual no pierdes 5 minutos dándoselo. Vale, no “pierdes” 5 minutos sino que lo inviertes en el cuidado de tu hija. Pero a efectos prácticos, ganas ese tiempo para hacer otras cosas.

La mayor parte de los días, tras esta primera fase suele dormirse al rato, un par de horas, ya sea en casa o en casa de su abuela, donde va muchos días si no podemos quedárnosla nosotros. Ahora, todo ha cambiado un poco con las bajas y otras obligaciones paternales. La familia entera se vuelve a reunir en torno a las 17:30, cuando recogemos al niño del colegio. Luego llega la gran pregunta: “¿Qué hacemos con los niños?”. O llevarlos al parque, o ir a algún centro comercial a que se cansen… lo cierto es que en casa no pueden estar. La alternativa de poner a uno a ver dibujos y a otra a sacarlo todo de los cajones no es muy tentadora. Los domingos hay que hacer piruetas, así que siempre vienen bien planes como estos: http://newsok.com/20-activities-for-dads-to-do-with-their-kids/article/5343559/?page=2. Y si alguien tiene otros, que seguro que los hay, que sea tan amable de decírmelo.

Tras el inicio del curso hemos empezado a cambiar otra rutina: la del baño y la cena. Solíamos iniciar el proceso en torno a las 20 horas, y lo hemos adelantado media hora, así que muchos días a las 20:15 ya están bañados y cenados. Eso hace que todo se adelante, y antes de las 10 de la noche estén durmiendo. Quien más lo agradece es Adolfo, que puede dormir más. Inés se sigue durmiendo a su hora, en torno a las 21:30.

Esto es lo que hacemos casi siempre de lunes a viernes. El fin de semana es otra cosa.

¿Y a partir del tercero, qué? Estamos preparados para tirarnos más de 20 minutos vistiendo, otros tantos bañando y poniendo pijamas, otros tantos o más dando de cenar, otros muchos más tratando de dormir a los tres… Bueno, preparados no sé si estamos. Mentalizados, sí; no nos queda otra.

Por cierto, voy a tratar por todos los medios contar cosas al menos una vez por semana. Pido perdón de antemano si alguna vez no lo consigo. Pero lo intentaré.

Bienvenidos… todos

Por fin me he lanzado. Ha tenido que llamar a la puerta mi tercer hijo (lo ha hecho con los nudillos y estamos a punto de abrirle), pero aquí estoy. Dispuesto a hablar de lo que significa ser padre de tres niños. Algunos lo sabéis. Yo no, y estoy dispuesto a descubrirlo y a contarlo. Dispuesto a desahogarme de vez en cuando. Dispuesto a dar trucos sobre cómo llevar esta bendita carga. Dispuesto, en definitiva, a certificar ante todos vosotros que aquello de que el gran cambio es pasar de dos a tres hijos es cierto. O no.

Aquí hablaré sobre todo de mis experiencias, de cómo llevar el día a día con tres pequeños. Humildemente daré algún consejo del tipo “compraos este aparato para eliminar el olor de los pañales”. No es escatológico; es lo que vivo cada día y estoy convencido de que no soy, ni de lejos, el único. Puede que incluso sirva de ejemplo como método del caso si alguien se anima a analizar lo que me/nos ocurre, o cómo lo vivimos, y cómo podríamos hacerlo mejor. Hablo desde la experiencia de dos hijos de 3 y 1 año, pero sé, por esa misma experiencia, que nunca sabemos suficiente y que hay que formarse como padres en la medida de lo posible. Habrá varios post sobre formación, escuela de padres… soy un apasionado del tema, así que por ahí daré un poco la paliza.

Como novato que soy, acepto críticas y comentarios constructivos sobre cómo sacarle más partido a este blog. Es mi primera vez. Todos sabemos que las primeras veces no son las más maravillosas y que con el tiempo se aprende. Pues eso. Espero aprender de otros blogs de padres (que los hay, y ya los iré presentando), y de todos vosotros. Sobre todo de quien tú (te hablo a tí, I.) sabes.

Bienvenidos, pues, todos a este mi blog. Bienvenida Cristina, con quien me he metido en este lío (en el de los hijos, no en el del blog). Bienvenidos Adolfo e Inés. No tuve el valor de abrir un blog cuando nacisteis, pero también hablaré, y mucho, de vosotros. Y bienvenido Álvaro, que aún no estás, pero ya te sentimos, y que eres el culpable de que ya seamos, casi de facto, una familia numerosa.