10 días después…

Domingo, 16:30 horas. Todos duermen. Álvaro acaba de comer. Hay calma. Es la hora de ponerse a recordar y a contaros parte de lo que ha pasado desde la tarde del jueves 20 de noviembre. Los que me leísteis la semana pasada, ya dije que me olía que pronto habría novedades. Tardaron 24 horas en llegar. Fue tras ir al médico cuando se decidió que era el momento. Ya lo sospechábamos. Por eso, o por intuición, cogimos la maleta del hospital al salir de casa. Por lo menos, pensábamos, ya está en el coche para cuando haga falta. Aunque intuíamos que habíamos acertado. Y así fue.

Después de los nervios de cuando ves que ya va en serio, con ingreso de por medio, y después de recoger a Adolfo del colegio a toda leche (un poco absurdo pensar que Álvaro iba a llegar a las 5 de la tarde mientras yo estaba de camino al colegio, pero eso es lo que se piensa cuando uno está en esa situación), llegó esa tensa espera de quien espera que llegue ya su hijo. Casi 5 horas. Son pocas, al parecer, si lo comparamos con otros casos, pero a mí se me hicieron eternas. Nervios, tensión, esperando y confiando en que todo saliera bien.

Por fin, a las 23:27 del 20N (connotaciones al margen, ya es casualidad) venía al mundo el pequeño Álvaro. Pequeño, porque pesó poco. He de reconocer que cuando lo cogí en brazos noté el poco peso físico pero también el gran peso y la responsabilidad de sacar adelante a mis tres hijos. Eso no se puede explicar. Se siente y ya está.

Luego vino el susto, cuando nos dijeron que tenía algún problema para respirar por inmadurez de los pulmones. Nada grave (como así ha sido), aunque el mundo se te viene un poco abajo cuando te dicen que va a estar unas horas en la incubadora, y las horas se convierten en unos días y te hablan de una semana, y se apodera de ti la incertidumbre.

Pasaron las horas y los primeros días y nos aferramos a que poco a poco iba mejorando y empezando a comer. Muy poco a poco. Con eso nos quedamos. Y, sobre todo, con que no había ninguna otra complicación. Finalmente, por avatares del destino que no vienen al caso, el lunes decidimos trasladarlo a La Arrixaca, centro de referencia en neonatos.

Fue un día muy intenso, y el único en el que me vine abajo. Era, sobre todo, el fruto de la tensión y la tristeza que te provoca ver a tu hijo cuatro días en una incubadora y respirando artificialmente, y que una semana así no te la quita nadie. Que sí, que era lo mejor, y que hay cosas muchísimo peores, pero es duro. Y luego la tensión del traslado, pensando cómo le iría. El azar hizo que me encontrara con una gran persona, cuyo nombre obviamente voy a omitir, y que hizo que el tiempo que duró el proceso de traslado fuera más llevadero.

Gracias a Dios, ahí cambió todo para bien. Empezó a respirar bien sin ayuda, y experimentó un gran cambio en unas horas. Al final, como nos dijeron, todo se reduce a que el periodo de adaptación de unos niños es más rápido que el de otros. Que no había nada más que eso. Tres días en La Arrixaca para certificar que todo iba bien y, por fin, el viernes, el alta y a casa.

Ahora, como dije en Facebook, empieza lo duro. Ya me he topado con la realidad. Ya contaré los primeros días en casa cuando me dejen. Eso será otro día.

Quiero aprovechar para agradecer la ayuda, la comprensión, la paciencia, la empatía y sobre todo el trabajo de todos los pediatras y enfermeras que, tanto en el hospital La Vega como en La Arrixaca han ayudado a que Álvaro esté ya bien y a que sus padres hayan pasado estos días algo más tranquilos. Y de paso, hemos aprendido muchas cosas de medicina neonatal 😉 Gracias a todos ellos.

Y gracias a todos por los comentarios, los “me gusta”, los whatsapp, las llamadas, los mensajes… Creo que he contestado a todos, aunque pido disculpas si se me ha pasado alguna felicitación. Eso pasa cuando hay muchas, y así ha sido.

Esto va en serio ya

Es la segunda vez en apenas 24 horas que me digo a mí mismo esta misma frase. La primera fue ayer, cuando tras recoger a Adolfo del colegio fui a recoger y a montar un carro (un cuco, o como cada uno lo quiera llamar, pero que no es otra cosa que el habitáculo en el que se pasea al bebé en los primeros meses). Lo llevé apenas 500 metros porque era más fácil que fuera montado. Naturalmente no había nadie dentro, pero dentro de mi cabeza sonó la frase que da título a este post.

La segunda vez ha sido hace unos minutos, cuando he montado la minicuna en la que pasará muchas horas el pequeño Álvaro. He de decir que me ha resultado bastante sencillo. Primero, porque apenas son cuatro palos, y segundo, y más importante, porque el azar y la necesidad han hecho que con esta ya sean 3 las veces que la he tenido que montar, dos de ellas en apenas 15 meses. Me llena de orgullo y satisfacción el resultado. A su madre también, y la cara del que será su hermano mayor lo dice todo. Él también entiende, a su manera, que esto va en serio yo.

Hay más razones que me llevan a pensar que ya llega, aparte de la lógica que dice que la fecha se va acercando. Las visitas a los distintos médicos anuncian que la llegada está próxima. Y con ella las noches sin dormir, los cambios de pañales, los cólicos, la lactancia a demanda, el papeleo para obtener el título de familia numerosa (que tiene tela), la llegada a casa… y tantas otras cosas que os iré contando.

Será por todo eso que siento un cosquilleo y una responsabilidad que todos los padres sienten. Da igual que sea el primero, el tercero, el quinto… Será por todo esto que este post no es muy largo. No quería faltar a la cita, pero empieza a ser difícil encontrar un hueco y tengo dos hijos que me reclaman los minutos de juego con su padre.

Sospecho que volveré a escribir pronto para contar novedades. Es intuición. Veremos si acierto.

La crisis de los tres años

Hay cosas que se sufren en silencio, y casi todos pensamos en lo mismo recordando un conocido anuncio. Y hay cosas que todos los padres sufrimos en silencio, en privado y, muchas veces, en público. Ocasiones de esas en las que, a pesar de lo mucho que los adoras, te gustaría invocar a Herodes y que te hiciera un favor. Me refiero a las rabietas y a los espectáculos que los niños y niñas sufren en torno a los tres años. O lo que es lo mismo, lo que me toca padecer ahora.

Hace poco asistí a una charla sobre los limites y normas con niños de esta edad. Lo primero de todo, me di cuenta de que todos pasan por este proceso. Todos. No sirve de consuelo, pero no solo nos está pasando a nosotros. Lo segundo, que es fundamental atajar este problema antes de que vaya a más. Según el ponente, José Luis Marín, o se controla ahora o podemos arrastrar el asunto durante muchos años y convertir al susodicho o susodicha en un pequeño tirano. Afortunadamente, hay solución. Trataré de explicar su técnica, por si a alguno le sirve. Alternativas hay muchas, pero ahí va la que estamos aplicando con el hermano mayor.

En primer lugar, hay que explicar el proceso por el que el niño se suele poner así. Empieza por un lloro por algo que no le gusta. Luego, al escuchar su propio lloro, se asusta y empieza a llorar más. Suele pasar que si el padre pierde los nervios el niño se asusta de escuchar gritar al padre, con lo cual se pone histérico y grita y llora más, y así hasta que hay un punto en que cae rendido. Durante ese proceso, hay que obviar la actitud del niño. Pasar de él. Al final, se convierte en poco más que un bebé que se ha hartado de gritar y llorar y toca consolarlo. Solo entonces hay que consolarlo, y no antes. Hay algunos que apuestan por cogerlo en brazos y ya se calmará él solo.

Una de las claves es no intentar discutir con él (me sale siempre él, pero obviamente vale ella) durante la crisis. En esos momentos no atiende a razones. Sí es conveniente dárselas antes de que notemos que va a estallar la situación. Aunque parezca que no, está demostrado que sí son capaces de entender nuestros argumentos, adaptados lógicamente a su edad. No hará caso, pero se le quedarán grabados. Es importante volver a explicar las cosas una vez acabada la rabieta. Y otro punto importante es no dar recompensa ni castigo por una rabieta. Se pasa la crisis, y a otra cosa.

Como decía al principio, estamos pasando esta etapa. Pasa en todas las casas. De momento lo llevamos con dignidad. Obviamos su comportamiento y todo pasa, y luego como si nada. Ocurre lo mismo con enfados de niños de esta edad. Por ejemplo, “no me quiero tomar la leche”. Suelo utilizar la estrategia de decir algo del tipo “a mí me da igual que desayunes o no, pero cuando sea la hora estarás vestido y listo para irte” y me olvido. Al rato, se ha tomado ya la leche.

Es duro a veces. Todos los padres lo sabemos. Decía el conferenciante que nos consoláramos, que la adolescencia dura más tiempo. Es cierto. Siempre hay que mirar la parte positiva.