La crisis de los tres años

Hay cosas que se sufren en silencio, y casi todos pensamos en lo mismo recordando un conocido anuncio. Y hay cosas que todos los padres sufrimos en silencio, en privado y, muchas veces, en público. Ocasiones de esas en las que, a pesar de lo mucho que los adoras, te gustaría invocar a Herodes y que te hiciera un favor. Me refiero a las rabietas y a los espectáculos que los niños y niñas sufren en torno a los tres años. O lo que es lo mismo, lo que me toca padecer ahora.

Hace poco asistí a una charla sobre los limites y normas con niños de esta edad. Lo primero de todo, me di cuenta de que todos pasan por este proceso. Todos. No sirve de consuelo, pero no solo nos está pasando a nosotros. Lo segundo, que es fundamental atajar este problema antes de que vaya a más. Según el ponente, José Luis Marín, o se controla ahora o podemos arrastrar el asunto durante muchos años y convertir al susodicho o susodicha en un pequeño tirano. Afortunadamente, hay solución. Trataré de explicar su técnica, por si a alguno le sirve. Alternativas hay muchas, pero ahí va la que estamos aplicando con el hermano mayor.

En primer lugar, hay que explicar el proceso por el que el niño se suele poner así. Empieza por un lloro por algo que no le gusta. Luego, al escuchar su propio lloro, se asusta y empieza a llorar más. Suele pasar que si el padre pierde los nervios el niño se asusta de escuchar gritar al padre, con lo cual se pone histérico y grita y llora más, y así hasta que hay un punto en que cae rendido. Durante ese proceso, hay que obviar la actitud del niño. Pasar de él. Al final, se convierte en poco más que un bebé que se ha hartado de gritar y llorar y toca consolarlo. Solo entonces hay que consolarlo, y no antes. Hay algunos que apuestan por cogerlo en brazos y ya se calmará él solo.

Una de las claves es no intentar discutir con él (me sale siempre él, pero obviamente vale ella) durante la crisis. En esos momentos no atiende a razones. Sí es conveniente dárselas antes de que notemos que va a estallar la situación. Aunque parezca que no, está demostrado que sí son capaces de entender nuestros argumentos, adaptados lógicamente a su edad. No hará caso, pero se le quedarán grabados. Es importante volver a explicar las cosas una vez acabada la rabieta. Y otro punto importante es no dar recompensa ni castigo por una rabieta. Se pasa la crisis, y a otra cosa.

Como decía al principio, estamos pasando esta etapa. Pasa en todas las casas. De momento lo llevamos con dignidad. Obviamos su comportamiento y todo pasa, y luego como si nada. Ocurre lo mismo con enfados de niños de esta edad. Por ejemplo, “no me quiero tomar la leche”. Suelo utilizar la estrategia de decir algo del tipo “a mí me da igual que desayunes o no, pero cuando sea la hora estarás vestido y listo para irte” y me olvido. Al rato, se ha tomado ya la leche.

Es duro a veces. Todos los padres lo sabemos. Decía el conferenciante que nos consoláramos, que la adolescencia dura más tiempo. Es cierto. Siempre hay que mirar la parte positiva.

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La hermana mediana (dentro de poco…)

Le dediqué el post de la semana pasada a Adolfo, y hoy me toca hacerlo con Inés, la pequeña hasta dentro de pocas semanas o días. Es un poco más difícil porque no hace tantas cosas como su hermano mayor. Naturalmente, pensaréis, pues apenas tiene 15 meses recién cumplidos. En el fondo, y en la forma, me da algo de lástima porque se le acaba el reinado. Siempre será la princesa, la reina de la casa con permiso de su madre, pero ser la benjamín le ha durado poco tiempo. De todas formas, tiene su parte buena y ahora lo explicaré.

WP_20141019_007 Esta foto es una de las últimas que tengo con ella. Fue un domingo hace un par de semanas. Dejamos a Adolfo con sus abuelos y nos fuimos Cristina, Inés y yo a pasear por el centro. No fue premeditado, pero sí fue un momento en que nos dijimos: “dediquémosle esta hora, o estos minutos, a ella, que son de los últimos que vamos a poder disfrutar de ella de esta manera”. Naturalmente que vamos a seguir haciéndolo, pero no como hasta ahora. Perdón de antemano, perla.

Inés es un poco más trasto que Adolfo. No es ni mejor ni peor. Simplemente, son distintos. Las primeras semanas (¡qué digo, los primeros meses!) fueron complicados. Todos los tópicos y todos los procesos por los que pasan todos los bebés fueron eternos. Cólicos, dolores de barriga, lloros, lloros y más lloros, extra de alimentación para desesperación de su santa madre, muchas noches sin dormir… todo fue muy largo. Casi medio año hasta que conseguimos que el ritmo de sueño nos permitiera descansar decentemente. A lo mejor es que veníamos de alguien muy distinto, pero se nos hizo enormemente pesado. Dicho lo cual, desde entonces las cosas han ido mucho a mejor.

Hablaba la semana pasada de que el gran cambio de Adolfo fue entre el año y medio y los dos años. Con Inés no puedo hacer esa comparativa por motivos obvios, pero sí puedo decir que ha cambiado, y mucho, desde el verano. Coincidió que empezó a andar, a ser un poco más sociable, sobre todo a interactuar más, hasta convertirse en lo que es hoy: una delicia de niña que enamora y se deja enamorar. Que empieza a hacer todo ese tipo de cosas que no se pueden contar porque hay que verlas, como por ejemplo verle la cara cuando ve una mandarina (que devora con los ojos y con la boca). O ese “madre mía” que no dice pero que se lleva las manos a la cabeza asumiendo que ha hecho una cosa que no está muy bien, aunque se ríe mientras hace el gesto. O más risas aún cuando la cojo y la levanto por encima mío. Y tantas otras cosas que hacen que, como dice un amigo,  hacen que necesite ya una sábana, porque la baba se me cae tanto que no vale con una servilleta o un pañuelo.

A todas estas, ha espabilado muy rápido, gracias sobre todo al estímulo que ha supuesto Adolfo. Todo el mundo comenta, y suele ser verdad, que los hermanos pequeños suelen hacer antes las cosas por imitación de sus mayores. Creo que en este caso está siendo así, y puede que con Álvaro pase lo mismo. Lo iremos comprobando.

Termino como empezaba. Siempre serás mi princesa y mi reina. No te dejes avasallar por tus hermanos. Aunque conociéndote, son ellos los que tendrán que tener cuidado contigo 😉

L’hereu, el primogénito, el primero en llegar.

Inauguro con esta un par de entradas en las que quiero dedicarles a mis hijos unas palabras, para mostraros quiénes y cómo son, y para que ellos sepan, alguna vez, lo que su padre piensa (o pensaba) de ellos. Y por empezar por uno, empezaré por mi hijo mayor, por Adolfo.

DSCN3937Es muy fácil describir a Adolfo. Algunos ya lo conocéis. Adolfo es bueno. Con eso lo digo casi todo. Para mí, como para cualquier padre, es especial. Como especial fue el regalo cuando supimos que iba a llegar. Especial fue enterarse el día del santo de mi abuelo, San Estanislao. Un día que jamás podré olvidar porque además de eso pasó otra cosa que hizo que, simplemente, sea imposible. Su llegada colmó de felicidad la vida de su madre y la mía, como no podía ser de otra manera. Un bebé tranquilo dentro de sus posibilidades, que en pocas semanas nos dejó llevar un ritmo de sueño “normal”, y que se portaba bastante bien. Y salvo momentos que todo niño tiene (porque si no, no sería un niño), sigue igual o mejor.

Te gana enseguida. No a su padre, que no cuenta, pero sí a todos los demás. Es complaciente. Suele hacer y decir todo lo que sabe cuando se lo piden, para contentar. Y por supuesto, correr a abrazar a sus ayeyos, a sus abuelos o a sus padrinos después de tiempo sin verlos… para ellos debe ser maravilloso. Para mí, visto en tercera persona, lo es.

Decía que para mí, mi hijo es especial. Hoy mismo me ha dado el penúltimo ejemplo: lo primero que ha hecho al levantarse a las 7:15 de la mañana ha sido decir, con una enorme sonrisa: “voy a darle los buenos días a la mamá y a Álvaro”.  No sé cuántos niños de su edad harán eso, pero a mí me ha dejado de piedra. Como me dejó de piedra ayer cuando, sin venir a cuento, nos dijo: “Los indios vivían en América del Norte y usaban lanzas para cazar”. La profesora se lo dijo una sola vez, y le bastó para quedarse con ello. Con eso, y con que los iglús son construcciones de los esquimales impermeables que protegen de la lluvia. Y con que la Iglesia es el sitio al que van los que quieren rezar.

Aunque le costó soltarse, el gran cambio fue en torno a los dos años. Coincidió con sus primeras semanas en la guardería. Para ser la primera vez que se separaba, no fue para nada traumático. Se relacionó con otros niños y la labor de las educadoras de la Escuela Infantil Michelangelo fue extraordinaria. Durante esas primeras semanas, y durante el curso siguiente, que fue un avance espectacular. Ahora, el colegio le está viniendo muy bien. Ha aprendido sus primeras palabras en inglés, es muy bueno aprendiendo canciones que repite hasta la saciedad. La banda sonora del verano ha sido una habanera, “La bella Lola”. Otra prueba de su gran memoria, ya que la escuchó una vez la pasada Nochebuena, mientras sus abuelos paternos la cantaban a la guitarra. 8 meses después, y sin venir a cuento, comenzó a cantarla. Le faltó escuchar otra estrofa para aprenderse casi entera la canción.

Perfecto no es. Podría ser un poco más obediente de vez en cuando. Quizás sea la edad, como la edad sea la que está detrás de sus cada vez más habituales rabietas. No es por celos de su hermana o del que viene, porque ya he dicho que está encantado y pregunta a toda hora cuándo va a llegar el hermanito. Como decía una canción de mi generación, “son cosas de la edad”.

Tampoco nosotros somos perfectos. A veces le hemos malcriado de más. Pero creo que, en el fondo, lo estamos criando bien (perdón por la falta de modestia, pero lo creo así). Ahora tengo una cierta preocupación cuando sean tres hermanos y cuando su hermano forme parte de la vida de esta familia e, irremediablemente, se le dedique un poco más de tiempo. Confío, en cualquier caso, siga siendo tan bueno y tan especial como hasta ahora.